lunes, 30 de abril de 2012

Último plan

Bruno se subió al tren como siempre. Era normal que sintiera miedo de que lo peor podía llegar a pasar en ese momento. En cualquier momento y lugar donde estuviera, este día no era la excepción. Pero frente a él había una chica a quien no podía dejar de mirar y se distrajo.
Ella levantaba la vista de un libro que iba leyendo de tanto en tanto para ver si aún la miraba, no parecía molestarle, cada vez lo comprobaba con más frecuencia y la cara más relajada.
Bruno fantaseaba con dar los cinco pasos que los separaban para quedar lo suficientemente cerca como para ponerse nervioso y hacer lo que fuera, agitado. Ella prácticamente abandonó su libro.
Unas estaciones más. Y lo esperado y lo improbable pasó.
Como en la ficción, un hombre entró al mismo vagón y cuando el tren arrancó de nuevo, se anunció un desastre.
Tenía un arma, y con dos disparos Bruno entiendió que quedaban varios más, uno para cada uno. El hombre vino a eso, a hacer lo impensado.
Efectivamente, un disparo más tras otro. Una, dos, tres, cuatro personas muertas. Cinco, seis. Aleatoriamente eligiendo por todo el vagón.
Bruno dudaba, no se terminaba de sorprender, no había mucho que pudiera hacer. Miró a la chica. Pudo pensar en hacer una sola cosa en ese momento. Ella se veia aterrada. El libro estaba en el suelo. Siete, ocho.
Bruno dio los cinco pasos, la tomó, la abrazó por atrás. La chica no se resistió mientras lo miraba. Todo su cuerpo estaba tocando el de ella. Estaba tibio. La agarró por la cadera y la apretó un poco más contra sí. Ella recostaba la cabeza en su hombro. Respiraron.
Nueve, diez.

Londres, 6 de julio de 2011 (cuaderno de viaje, sin correcciones)

Es verano, hace frío. Me desperté curiosamente temprano y bajé las escaleras a desayunar. La casa tiene olor a madera. Mi tio no está por unos días. Es una sensación linda. Me hice mate, tostadas y jugo, y comí frutillas mientras miraba el noticiero inglés.
El ruido de la tele prendida es distinto, más allá de la parte obvia que es el idioma. Pero lo hace sentirse a uno entre excitado y solo. Estoy en otro país, sola en una casa, tan acomodada que miro el noticiero mientras desayuno y después leo el diario, how cool is that? Pero después, más tarde, cuando incluso ya no estoy mirando, me doy cuenta de que en parte no quiero apagar la tele porque parte de esa excitación es miedo, del más simple. Hasta me encontré hace unos días prendiendo todas las teles de la casa.
Lo mismo pasa en otras situaciones, de todas formas. Salgo de la casa para irme a pasear a Leicester Square, a Green Park, China Town, Barnes, otros barrios chicos, la estación Angel, y después vuelvo de noche y me encuentro caminando más rápido de lo normal, incluso levantando un poco más los talones, o hablando sola para pretender que estoy muy relajada. Un día no dormí en la habitación, dormí en el living con todas las luces de la casa prendidas y la tele muy alta.
Pero: qué hermoso todo eso.
Más tarde tengo que ir a comprar unas cosas. La primera vez que fui al supermercado fui a un mini market. De cuando fui a un super no puedo ni hablar porque una parte de mi se quedó ahí. Pero en el mini puedo decir que estuve una hora y media reloj viendo, sólo viendo las góndolas. Después compré una sola cosa que necesitaba, y un centenar de cosas que sólo quería probar, de las cuales cuando llegue me gustaron sólo un par.
Llueve ahora. Todo el tiempo llueve. Ya leí el diario, escribí mails y miré tele. Hoy no es un día para pasear, quiero quedarme en la casa. Agarré uno de los libros que traje, pero después de dos páginas supe no había entendido nada de lo que acababa de leer. Así que me dediqué al cliché de quedarme mirando hacía afuera por el ventanal de mi cuarto, que da a la calle, que es preciosa, que está vacía, que está llovida. Hasta que eso no me trajo ninguna idea para escribir, así que estoy escribiendo esto, para no perder la práctica.
Son las 4 de la tarde, sigue lloviendo, ya hice todo lo que podía hacer. Me siento aterrada y feliz. Siento que estoy jugando a la casita. Pero no estoy jugando.
Pensé qué cenar, sola. Definitivamente voy a tomar vino. Me hice una lista de compras. Pero me voy a ir caminando con un paraguas bordeando el Támesis hasta un supermercado más grande que hay a 10 cuadras, o 15 o 17 minutos como dicen ellos.
Acabo de volver. Son las 7. Otra vez me absorbió el supermercado, y compré más de la cuenta. Las bolsas pesaban, se complicó un poco sostener el paraguas. Me tuve que cambiar la ropa.
Empecé a cocinar y a tomar vino. Tuve que prender la tele de fondo.
Cuando empieza a ser de noche tengo miedo.
Quiero dormirme rápido siempre. Pero hasta que lo hago.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Una casa

A veces íbamos a pasar unos días al campo, vivíamos en plena ciudad y Mani adoraba ir para esos lados. Sobre todo le gustaba que a medida que nos acercábamos se podían oler el heno y los árboles con más intensidad. Manejar para allá era un placer para mí también; Mani me hablaba un rato pero después se quedaba dormida y me avisaba que prestara atención, después se levantaba y para entonces ya podía bajar la ventana y sentir ese aire. Mientras ella dormía yo me sentía como un niño cuando tiene que cuidar algo, como adrenalina tranquila de sentirse grande, pero sin tomárselo muy en serio, aún jugando un poco.
En el campo teníamos una casita, Mani se había encargado de decorarla y dejarla como si viviéramos ahí todos los días. Ella era muy especial para esas cosas.
De día hacía mucho calor y de noche bastante frío, yo hacía un fuego en el hogar pero el suelo siempre estaba helado. Salvo en verano, que hacía calor todo el día, entonces Mani se quedaba sentada en el banco de afuera, si no estaba cocinando, tomaba mate, me hacía el amor, pensaba en unos niños, jugaba a las cartas. El campo la ponía contenta. Le gustaba también sentarse en el suelo y sentir el fresco atrás de las rodillas, decía que le hacía cosquillas, desde ahí me hablaba, parecía una muñeca. Mientras me hablaba se hacía trenzas, me explicaba, para después tener ondas en el pelo. Yo no entendía nada de esas cosas.
A veces le enseñaba a manejar por las calles que rodeaban el terreno, le brillaban los ojos cada vez que agarraba el volante. Mani se rió sin parar y terminó hecha un llanto una vez que casi choca contra un árbol. Era una mujer hermosa. Otras veces la sacaba a pasear en moto por esas calles, cuando volvíamos a la casa ella me rodeaba con los brazos y me pedía que la amara.
Afuera siempre había unos perros ladrando, unas vacas, flores amarronadas al costado de la ruta, siempre los tilos, millones de grillos, ranas y liebres. En mis recuerdos veo a Mani corriendo, gritando, pidiéndome que la cuide.

martes, 6 de diciembre de 2011

Primera muerte

Toto vos sabías lo que estaba pasando y yo no lo entendía. Me intentaste avisar, ahora veo. Te acordás cuando me mordiste, yo era chico, muy chico ¿te das cuenta? me dolió y me enojé; pero ahora ya no me mordés. Voy a decirte algo, yo no quería llevarte, pero mamá dijo que era necesario. Pensé en que podíamos escaparnos juntos, pero no hubiera sabido a dónde ir, no hubiera sabido qué hacer, probablemente me encontrarían cerca de casa.
Sos mi amigo todavía, te pregunto cosas en mi cabeza. ¿Tenés hambre Toto? ¿Te sacaron a pasear ya? Yo salgo a pasear como hacía con vos a veces. Llevo una ramita conmigo. En realidad llevo varias porque esta vez no vuelven. El sol te gustaba, Toto, movías la cola tan fuerte que me empujabas si estaba cerca. Cuando vuelvo me siento en la entrada de casa, en donde vos te tirabas. Hay cosas que no puedo entender Toto, soy un niño. Corrías muy rápido, nunca te pude alcanzar.
Una noche saliste de casa y no volviste por dos días, me asusté, pensé que no me querías más. Pero sí, me querías y volviste. Veniste corriendo, corriendo muy rápido. Pero volviste mal. En el tiempo que siguió ya no traías las ramitas que te tiraba. Aunque me gustaba que estuvieras cansado y apoyaras la trompa en mis piernas. Yo podía escuchar cómo respirabas y te copiaba, vos levantabas una ceja, no sé qué querías decirme.
No sé cuánto tiempo pasó, pero tuvimos que llevarte, a pasear, me decían: un paseo largo; pero yo era el que te paseaba, Toto, nunca me gustó que otro te paseara, y a vos tampoco.

viernes, 29 de julio de 2011

Escribo

Hace mucho tiempo no leo ni escribo. Y me da miedo. Tenía nombres para los personajes, pero no tenía historias. Y tampoco ahora. Todo el tiempo me acuerdo de ellos. Es que me deben estar esperando. Tuve algo muy grande una vez, pero no puedo ponerlos ahí. Tengo una imagen.
Me había dormido en una hamaca paraguaya, en un piso muy alto de un edificio muy bonito. Era una siesta, al día siguiente de una noche larga. Me desperté pero no abrí los ojos, sólo un poco, sin que se notara, para ver qué pasaba cerca de mí. 
Estaba él mirándome apoyado en el balcón. No sabía hacía cuanto estaba ahí. Hubiera llorado. Entonces me moví, para justificar un despertar; abrí los ojos y él se corrió rápido. Era mi secreto. Esa misma mañana había notado también de qué color era mi pelo y le gustaba.
Esto es escribir algo. Pero yo quiero escribir historias.
A la cuarta vez en ese departamento, yo volaba de tristeza.
Era todo muy distinto. Lo siento ahora.
Pero en mi tengo todas esas cosas que seguiría diciéndole.
Soy un cuento.

lunes, 7 de marzo de 2011

Huyan

No sé si me voy a casar, pero sí quiero pensar que lo voy a hacer.
No sé porqué el amor me parece tan hermoso, tal vez esté bordeando lo exagerado, algo loco y no tenga razón. Pero a quien se case conmigo, le juro todo mi corazón y quisiera también prometerle toda mi vida.
Y decirle, que lo elijo por disfrutar de lo que le cocino, aún cuando no sea saludable algunas veces, porque aprecia la albahaca que pongo al costado del plato, las cantidades innecesarias de cebolla y ajo, algún ingrediente poco amigable y mi amor por la pimienta y moderación con la sal. 
Que lo elijo porque sabe parar y decir cuando una discusión es sólo una guerra de egos. Que cuando me grita y me odia por momentos, sabe porqué lo está haciendo.
Que lo elijo por querer llevarme a comer algunos días, emborracharse un poco y jugar al scrabble.
Que lo elijo porque piensa en mí en momentos difíciles, antes de parciales, o antes de entrevistas o lo que fuera, y que eso le de tranquilidad. Porque si está conmigo es porque yo siento eso de él y ojalá pueda sentir ese apoyo de mi parte también.
Que gracias porque por las tardes que son silenciosas él no me necesita.
Que lo elijo porque quiero darle todas mis palabras y mis libros, que se los doy todos. Porque no se enoja conmigo por subrayar y marcar los míos, los suyos; y que en secreto le gusta ver qué partes me gustaron.
Que cuando le gusta lo que escribo, sabe porqué; y sino le gusta, tiene alguna idea para mejorarlo.
Que lo elijo porque me encantaría pasar toda mi vida con él, hacerme vieja y que con el temor de no gustarle más un día, me vuelve a elegir por otras cosas, como por ponerle algo nuevo a las tostadas de la mañana; o por algo viejo que aún aprecie, como arreglarme sólo para estar en casa mirando tele.
Porque si estoy con él, ansío que esté lleno de canas y tenga un bastón de madera barnizado con una cabeza de pato como mango, y acompañarlo a comprar el diario o una licuadora nueva. Agarrarlo del brazo y que alguna jovencita que pase cerca nuestro sonría.
Si estoy con él, es porque nunca dudó de mí y me quiso con mi redoblada sensibilidad y los defectos enormes que eso tiene, y que, a pesar de no gustarle, lo entienda.
Que lo elijo porque le gusta que aparezca con un mate en la mano cuando siquiera se le hubiera ocurrido.
Si lo elijo es porque es mi mente favorita, mi inventor favorito y porque sólo de escuchar su risa, me río. Si estoy con él es porque es un hombre que ama a sus hermanos, a su padre y a su madre. Y porque a veces prefiere pasar tiempo con ellos más que conmigo. O con ellos y conmigo a la vez. En ese caso, que gracias por tener deseos que me involucran. Y que gracias porque entre ellos, está la felicidad de hacer reír a mis hermanas.
Le diría, que gracias por preocuparse por mí. Y porque cuando estoy enferma quiere darme la mano y un beso en la frente; porque de pedirle algo en especial para comer, sin saber cómo, lo intenta con el ceño fruncido pero cierta certeza en las manos.
Le diría que lo elijo porque se siente cuidado y querido cuando él está enfermo.
Que lo elijo todos los días porque amo su cabeza y porque reconozco sus defectos como cosas necesarias.
Y es porque pienso así, por estas cosas que un día me gustaría decir, y por mil cosas más, que tienen que huir de mí. Ahora.


domingo, 19 de diciembre de 2010

Las piedras livianas

Entonces mi corazón latía lleno de palabras. Dante iba unos pasos adelantado. Era de noche y estaba muy oscuro, mi mano se agarraba a su hombro para no perder el equilibrio sobre una de las vías por las que caminábamos, porque las piedras un poco molestaban abajo de los pies. Con mi otra mano sostenía un cigarro armado y él hablaba. De nada muy importante. Escuchaba y cuando me estaba por caer apretaba su hombro y me miraba de reojo para ver que estuviera bien y seguía hablando. Mucho no le contestaba, tenía mucho sueño y un montón de alcohol de la noche anterior. Habíamos tomado unos vinos sentados cerca, pero no tanto. Siempre pasaba un buen tiempo entre cada vez que lo veía. Después del primer vino, él ya sentía que me podía o me quería agarrar de la mano o tocarme el brazo. Yo hacía un gesto simpático cuando él hacía eso, porque sabía que necesitaba un poco de confianza para hacerlo.
Tiempo atrás cuando salíamos a comer, me divertía viéndolo enroscado en el deber de acariciarme la mano si había más gente en el restaurante. Yo no necesitaba eso, aunque me gustara. El que lo necesitaba era él en el fondo. Era torpe y forzada, por eso me daba gracia, pero también lo entendía. Estaba como entrenando su dificultad. Si lo dejaba solo un rato siempre volvía a mi con una mano. Yo solía irme a un lugar en mi cabeza donde mi sensibilidad se hacía enorme y simultáneamente él me rozaba y otra vez me traía.
Salimos de las vías y fuimos por una callecita muy arbolada, el fresco que había era aceptable con un sweater. Pero mis manos siempre están frías igual. Él me las metía en sus bolsillos con las suyas. De a ratos lo veía mirarme. Pretendía contenerme y dejarlo que me mire solo, pero yo tenía que devolvérselo. Con unos segundos me bastaba para tener que bajar la mirada porque era demasiado hermoso lo que hacíamos.
Cuando llegábamos a las esquinas y pasaba un auto aunque no hubiera riesgo él me ponía una mano a la altura de la panza para frenarme. Se preocupaba mucho en general, pero me hacía sentir que le importaba en particular. Bueno, es que le importaba en particular.
Dante me tenía mucho amor yo sé. Pero nunca supe cuál.
Ese día yo lo frené mientras caminábamos y obstruí su paso y me quedé ahí parada. Él me separó y miró de esa forma que hacía que me temblara un poco el cuerpo. Abrió la boca para decir algo pero después la cerró. Unos segundos después me dijo te quiero, bajó la mirada y torció la boca, algo decepcionado. No porque sintiera que no era así. Torció la boca por sí mismo. Pero siempre lo entendí y no sentía que debiera perdonarle algo. Yo trataba siempre de ver el mundo con ojos amables de comprensión, porque nunca nada es como se quiere y si no se ve objetivamente, está listo uno para irse al muere. La comprensión la compensaba diciendo siempre lo que me pasaba.
Le dije que yo también lo quería para que supiera que estaba ahí y que sabía cómo éramos.
Éramos así. Yo lo amaba tanto, tal vez en un momento lo quise mal. Seguramente. Como todos alguna vez.
Él no duró mucho. Hubo muchas causas, pero lo más importante tal vez es que no pudo. Sea como fuera, no pudo. Y sufrí. Mucho tiempo, amándolo como era, un ser muy difícil al que nunca dejé solo. Él aún me quiere, con todo su corazón, pero de todas formas no puede decírmelo.
Seguimos caminando. En un momento me agarró de la mano y yo me acordé del primer día en que lo hizo. Lo hacíamos en chiste para los demás. Hasta que un día nadie podía hacerlo como yo lo hacía. Mi mano no podía agarrarse a ninguna otra. Y lo hacíamos en las cenas por debajo de la mesa. Torcía la boca y así me decía te quiero.
Con una tonelada de meses sola empecé a sentir que lo quería de otra forma. No dejaba de amarlo, sólo que sentía quererlo bien. Aunque lo quisiera al lado mío. También me cansé de pensar, también entiendo que no hay mucho que se pueda hacer.
Paseando, él tenía su corazón en mí esa vez.
No íbamos a vernos ni al día siguiente, ni al que le sigue. Íbamos a andar solos de nuevo después. Y así era. El amor volcado por unas horas. Pasaba algo raro, no se sentía tan presente todo ese tiempo sin vernos. Aunque si hubieran cambiado muchas cosas adentro nuestro, los conceptos, las ideas, las sensaciones. Era difícil acercarnos al principio, pero siempre estábamos ahí de vuelta. Nadie sabe dónde vamos a estar en dos días. Mi corazón es un río que corre sobre él. Donde yo siempre encuentro un motivo para poner una mano sobre su hombro y donde él tuerce la boca para decirme que me quiere. Un reloj que se mueve, pero que siempre vuelve al mismo lugar. Donde cada vez que volvemos a dirigirnos la palabra, las piedras se vuelven livianas.